Agricultura y Bonos de Carbono

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La agricultura, es como actividad, la segunda productora de CO2 a nivel global, pero así como es parte del problema, también puede ser parte de la solución, pues dependiendo del manejo con que se operen las explotaciones agrícolas, podrían empezar a incorporar carbono al suelo restándolo del pool de CO2 atmosférico.

El suelo guarda carbono como materia orgánica. Así un suelo que incrementa año a año su nivel de materia orgánica va a estar guardando carbono en su interior, y junto con los múltiples beneficios que trae al sistema productivo en provecho directo a quien trabaja ese suelo, hay un beneficio global que implica el secuestro de CO2 y su efecto en las condiciones climáticas que afectan negativamente a la toda la sociedad.

Un suelo que sube un 1% de materia orgánica en los primeros 25 centímetros está incorporando del orden de 30 toneladas de materia orgánica, de las cuales en la magnitud de 17 toneladas son carbono,   equivalente a 63 toneladas de CO2 secuestrado del aire.

Con prácticas de manejo adecuadas, que implican activar la biología del suelo, una hectárea de suelo podría fijar entre 5 y 10 toneladas de carbono al año, equivalente a 18 y 36 toneladas de CO2, que al ser certificadas y llevadas al mercado de bonos de carbono, podrían significar un ingreso extra a los agricultores de entre US$ 180 a US$ 360 por hectárea con el bono a US$ 10 por tonelada de CO2.

Este mercado está creado y opera con precios que se han movido entre US$ 5 a US$ 25,  hasta el momento ha presentado altibajos con una reglamentación que hace caro y engorroso su procedimiento, pero en la medida que siga perfeccionándose su funcionamiento estas barreras van disminuyendo y pueden entrar competitivamente a funcionar proyectos de menor envergadura, como sería la captura y certificación de secuestro de CO2 en actividades agrícolas. Australia ha sido un país precursor en el desarrollo de fondos y mecanismos, y tiene en funcionamiento un programa basado en fondos públicos originado en los protocoles firmados en acuerdos internacionales, que asegura el funcionamiento futuro de la iniciativa.

Las prácticas para aumentar el carbono del suelo son las herramientas básicas para la recuperación de suelo; 1° No romper el suelo, sembrar con cero labranza. 2° Evitar tener suelos desnudos, usando cultivos de cobertera. 3° Utilizar diversidad de especies en cultivos y coberteras. 4°  Incorporar ganado al proceso en pastoreo rotacional intensivo. Esa metodología de trabajo es la que activa la biología del suelo y permite que entre más carbono a todo el perfil del suelo, proveniente de la degradación de la parte aérea de los cultivos, del drenado desde raíces como exudados y como aportes de tejidos de raíces cuando estas mueren, que son fuente de alimento para microrganismos.

La práctica no es sólo agregar materia orgánica al suelo, como si aplicaciones de guano o incorporación de desechos orgánicos pudiera ser una alternativa equivalente. Se necesita un equilibrio de microrganismos en el suelo para que la materia orgánica pase a una fracción estable de lentísima degradación (superior a 100 años), ya que de otra forma, la respiración de los microrganismos consumirá  prácticamente todo el carbono aplicado y la ganancia neta sería mínima. Se requiere un suelo activado en su biología donde ya exista una población mayoritaria de hongos que sobrepasen a las  bacterias, puesto que recién en esa etapa, la acumulación de materia orgánica perdurable se logra, y justifica el reconocer al carbono fijado en el suelo como secuestrador de CO2,  y en  ese merito,  recibir acceder al bono que paga el mercado del carbono.

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